El ejercicio se recomienda a menudo en entornos clínicos, pero los consejos pueden ser demasiado generales para ayudar a los pacientes a llevarlos a la práctica. En un artículo de opinión publicado en Brain Health, investigadores sostienen que la actividad física debería prescribirse como una atención estructurada e individualizada para la salud cerebral.

Los autores —Carl Zhou y Nicholas Fabiano, del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Ottawa, y Stanley Wong, del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Toronto— se basan en ensayos clínicos, metaanálisis y estudios de cohortes. Definen la salud cerebral como el mantenimiento del funcionamiento cognitivo, emocional, conductual y social a lo largo de la vida.

El artículo describe varias maneras en que el ejercicio puede afectar al cerebro, entre ellas mediante la salud vascular, el metabolismo, la inflamación y la neuroplasticidad. Una explicación propuesta es la vía «músculo-cerebro»: al contraerse, los músculos esqueléticos liberan moléculas señalizadoras llamadas mioquinas, que interactúan con procesos relacionados con el estado de ánimo y la cognición. Los autores subrayan que este es solo uno de los modelos; también son importantes el sueño, el riesgo vascular y los factores psicológicos.

Según la revisión de ensayos aleatorizados y metaanálisis incluida en el artículo, la evidencia es más sólida en cuanto a los resultados de salud mental. Las intervenciones de actividad física pueden reducir los síntomas de depresión y ansiedad, el malestar psicológico y los resultados adversos relacionados con el suicidio. Un metaanálisis en red de 2024 concluyó que caminar, correr, practicar yoga y hacer entrenamiento de fuerza reducían los síntomas depresivos, y que, en general, los efectos eran mayores con intensidades más altas.

Los análisis de la relación entre dosis y respuesta también sugieren que los beneficios pueden empezar a aparecer con niveles de actividad inferiores a los objetivos de salud pública. El artículo pone como ejemplo aproximadamente la mitad del volumen semanal recomendado: unas 75 minutos de actividad moderada. Para los adultos, la Organización Mundial de la Salud recomienda entre 150 y 300 minutos de actividad aeróbica moderada, o entre 75 y 150 minutos de actividad vigorosa, cada semana, además de ejercicios de fortalecimiento muscular al menos dos días por semana.

Los autores también analizan la actividad física y el envejecimiento. Algunos estudios la han relacionado con menores riesgos de deterioro cognitivo, demencia y enfermedad de Alzheimer, y la OMS incluye la actividad física en sus recomendaciones para reducir el riesgo de demencia. Sin embargo, los investigadores advierten que gran parte de esta evidencia es observacional y, por sí sola, no permite establecer una relación de causa y efecto. Citan un ensayo aleatorizado de 2011 con adultos mayores en el que el ejercicio aeróbico aumentó el volumen de la parte anterior del hipocampo y mejoró la memoria; no obstante, señalan que las afirmaciones más amplias sobre la cognición y la ralentización del envejecimiento cerebral deben interpretarse con cautela.

Para las personas con esquizofrenia y otras enfermedades mentales graves, el ejercicio puede ser especialmente pertinente debido a las altas tasas de inactividad, enfermedades cardiometabólicas y muerte prematura. La evidencia de metaanálisis sugiere que el ejercicio aeróbico podría mejorar la cognición general en la esquizofrenia, incluida la memoria de trabajo, la atención y la cognición social. Sin embargo, los autores señalan que los resultados se basan en un número limitado de ensayos pequeños y deben confirmarse en estudios con una potencia estadística adecuada.

La prescripción propuesta debería especificar el tipo, la frecuencia, la intensidad y la duración de la actividad, así como las consideraciones de seguridad y un plan de seguimiento. La fragilidad, los síntomas cardíacos o respiratorios inestables, o las caídas recientes pueden hacer necesaria una evaluación médica, supervisión o una pausa temporal. Para la mayoría de los pacientes, los autores recomiendan avanzar gradualmente. Por ejemplo, alguien que atraviese una depresión podría empezar con una caminata de cinco minutos, ejercicios sentado, una actividad grupal supervisada o alguna actividad que ya forme parte de su rutina.

El artículo también señala que los profesionales clínicos podrían evaluar la actividad física durante las consultas habituales, coordinarse con los servicios de atención primaria y fisioterapia, y derivar a los pacientes a programas comunitarios. Los autores advierten que prescribir ejercicio sin abordar las dificultades de acceso podría agravar las desigualdades, y proponen financiar programas comunitarios, ofrecer apoyo para el transporte y establecer colaboraciones con centros recreativos y comunitarios.

El artículo no propone directamente reembolsar los gastos de ejercicio. Considerarlo una intervención terapéutica supervisada podría plantear preguntas sobre su financiación, pero las recomendaciones de los autores no significan que una prescripción vaya a estar cubierta automáticamente por los sistemas públicos de salud o las aseguradoras. Para establecer esas condiciones habría que tomar decisiones sobre las normas de financiación, los programas que reúnen los requisitos y la supervisión por parte de profesionales cualificados.

Fuentes: Pplware.